La noche más mágica del año

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Pueden pasar años, puedo estar lejos de mi familia, del hogar, de la cabalgata que recorre la ciudad que me vio crecer, Barcelona, pero la ilusión por esta noche mágica y los nervios a flor de piel perdurarán conmigo para siempre.

Sigo teniendo la misma emoción que cuando era una niña y eso es gracias al amor y el cariño que mis padres ponían cada año en esta noche tan especial.

Aún recuerdo el sabor de la vigilia de reyes, -dulce y a la vez emocionante-. Nada ha cambiado. Hoy me iré a dormir pronto soñando que los tres reyes magos llegan desde Oriente siguiendo la estrella que tantas veces mi padre nos ha narrado con su voz aterciopelada y su imaginación de ensueño. Recuerdo los nervios que mis hermanas y yo teníamos la noche antes; temerosas de no haber sido suficiente buenas como para recibir todos los regalos que habíamos pedido. Nuestras cartas eran largas, escritas a mano desde que aprendimos a escribir. Recortábamos los juguetes que queríamos y en más de una ocasión pedíamos cosas imposibles convencidas de que los reyes magos nos las traerían.

Un año pedí una varita mágica, la dibuje con mi hermana Carla y ambas creíamos que con ella seríamos capaces de resolver los problemas del mundo. La deseábamos con tanta fuerza que parecía real que pudiera ocurrir algo así. Otro año junto a mi otra hermana Maria pedimos una hermanita pequeña. Escribimos su nombre: Marta y añadimos el dibujo de un bebé de cabellos rubios con una sonrisa de ángel. Ya éramos tres en la familia pero queríamos una más con la que jugar. En esta otra ocasión, siendo yo la mayor, tenía mis dudas de que los reyes magos pudieran convencer a nuestros padres para traernos a una hermanita, pero aún así la pedimos con mucho amor e ilusión. En nuestras cartas inocentes y llenas de cariño decidimos no pedir ningún juguete. Solo a Marta… “¿Te parece poco?”,— nos dijo nuestro padre con una sonrisa, a lo que mi madre añadió: “pedir, a ver que pasa, los reyes son mágicos, ya lo sabéis niñas”.

A la mañana siguiente, nos pusimos nuestras batas rosadas de algodón, las tres de conjunto y fuimos a despertar a nuestros padres. Los pobres no habían pegado ojo pero nosotras insistimos en que ya era hora de bajar al salón a ver si los reyes habían llegado. Mi madre salió de la cama con una sonrisa en los labios al ver nuestras caritas impacientes.

—Un momento —decía mi padre cada año mientras iba a buscar su cámara de filmar. Estaba prohibido bajar a bajo si no lo hacíamos todos juntos.— ¿Habéis oído a los camellos?, no me han dejado dormir en toda la noche— afirmaba él con cara seria.

—Sí, la verdad es que este año han hecho mucho ruido en el tejado, a lo mejor se han resbalado— decía Maria con voz de pito.

—Bueno, vamos a ver… aunque no sé si os habrán traído muchas cosas. ¿Ya habéis sido buenas este año? —nos preguntaba nuestra madre.

-¡Sí, ¡sí! —contestábamos todas a la vez armando un gran alboroto puesto que teníamos una inmensas ganas de bajar.

Era como una expedición el recorrido por las escaleras de mármol de aquella maravillosa torre a las a fueras de Barcelona que mi padre había diseñado para sus princesas y reina. Yo siempre iba delante, abriendo camino. De pronto, para mi sorpresa en el segundo peldaño me encontré con un enorme trozo de carbón. Mi cara era digna de grabar para la posteridad. Por suerte era de azúcar y aún había la esperanza de que los reyes hubieran sido bondadosos con nosotras.

Al abrir las pesadas puertas correderas del salón nos llevamos una gran decepción. No podíamos creerlo, los sofás de piel estaban totalmente vacíos, encima del piano solo habían los retratos familiares que adornaban la sala. Detrás de los armarios de la biblioteca no había ni un triste regalo. Nos miramos entre nosotras sin saber qué decir. Carla, la segunda, nunca se daba por vencida y decidió seguir la búsqueda por toda la casa. Era el primer año que no había ni un solo regalo en el salón. Preocupadas y con caras tristes como si algo muy trágico nos hubiera sucedido corrimos hacia la cocina.

—¡Aquí, ¡aquí! – gritó María.

Nuestros ojos brillaban y no cabíamos de felicidad. No había un regalo, sino miles… una cocinilla, juegos de mesa, bicicletas, cochecitos para las muñecas… y un sinfín de cosas que no habíamos pedido pero que los sabios reyes sabían que necesitábamos. ¡Aquel momento era mágico!. Cada uno estaba envuelto con papeles preciosos de colores y en negro con letra de caligrafía se podía leer en grande nuestros respectivos nombres. No podíamos creer que realmente hubiéramos sido tan buenas.

Estos momentos son los que te marcan de por vida. Mis padres me han enseñado muchas cosas, pero una de las que considero más importantes es que las cosas hay que hacerlas de corazón y con ilusión, sin esperar nada a cambio. Por eso es que voy por la vida dando saltitos cada vez que alguien tiene un detalle o algo me causa una gran felicidad, para que el mundo se entere de lo infinitamente agradecida que estoy por todo lo que tengo y por lo que se me ha dado con el tiempo.

Espero poder transmitir estos valores a aquellos que me rodean en mi día a día. Y sí, soy una niña que juega a crecer sin olvidarse de las cosas que merecen verdaderamente la pena. La vida es un vals de momentos, algunos más difíciles que otros y creo que el truco esta en vivir a tope recordando de dónde venimos y lo mucho que nuestras familias nos quieren. Se me olvidó decir que Marta llegó a nuestra familia una noche de invierno del día 9 de diciembre de 2000 y nuestro sueño se cumplió, así de mágicos son los reyes magos.

Es por ello que este donde este vivo la vida con ilusión y me alegra celebrar esta noche tan mágica desde la ciudad de Nueva York.

¡Feliz víspera de reyes para todos estéis donde estéis!

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