Carta para los ciudadanos del mundo

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Recuerdo aquella soleada mañana del mes de agosto como si de ayer  mismo se tratara. Recogida en la parte trasera de un coche alquilado, sudaba a mares. Entreabrí los ojos y descubrí que me encontraba rodeada de elegantes y esbeltas palmeras. No tenía noción del tiempo ni el espacio. Por un momento pensé que había sido abducida por arte de magia. Me encontraba muy lejos de todo lo que había conocido hasta aquel entonces. Comenzaba una nueva vida para mí sin yo ser consciente de ello.

El aire era caliente, las nubes inmensas y debido al jet-lag, no recordaba en qué hora vivía; si era la tarde, la noche o la madrugada de un dia que sentia que habia vivido en alguna otra parte. Aquella mañana sin ni siquiera saberlo, había empezado mi nueva aventura en la tierra de las oportunidades y los sueños, América.

Más de cinco años han pasado desde mi llegada a la vibrante, multicultural y atractiva ciudad de Miami. Una aventura llena de humor, amor, retos y nostalgia, que por primera vez me decido a contar. Una historia en la que tuve que aprender a convivir con la niña que vive dentro de mí y a su vez dejar que la mujer creciera. Amo mi tierra, la extraño pero verdaderamente ya no sé de donde soy. Creo que me considero del mundo, de la misma madre tierra, de la matriz divina, del TODO.

Llegué a Miami sin previo aviso. Mis padres me dijeron un buen día: nos marchamos, y casi sin tiempo para rechistar, empaqué y dejé la ciudad en la que crecí en un abrir y cerrar de ojos.

Yo creía que me casaría, tendría hijos y envejecería en Barcelona, frente a las soleadas costas del Mediterráneo, pues no, el destino tenía otros planes para mí.

Durante mis primeros años, me tocó adaptarme al ecosistema rápidamente si quería sobrevivir. Estudié en Miami Dade College. Recuerdo largas horas de espera bajo el caluroso sol de la Florida, en la parada de bus, días en los que solo comía una hamburguesa del McDonald’s de la esquina y sobre todo días en los que me preguntaba qué hacía allí y por qué no me rendía de una vez. Ahora veo esos días como oportunidades que han contribuido a mi persona y a mi visión global del mundo.

Aprendí que no es oro todo lo que reluce, que a veces hay que salir de tu zona de confort y levantar la mano para preguntar en inglés frente toda la clase algo que para el resto puede parecer obvio. Hay que ser valiente y arriesgar. Hay cosas que no sabes por qué te quedan grabadas en la mente de por vida. Un buen ejemplo es la gran caminata que me pegué desde el downtown hasta Coral Gables, porque no sabía que el bus costaba $2 en efectivo. Ahora me parece hasta gracioso pero en aquel momento…

Me gradué con un Associate in Arts y decidí irme de casa para conocer la famosa vida universitaria de la que tanto hablan las películas americanas. Entré a formar parte de una sorority, cuando ni siquiera sabía de qué se trataba, y después de dos años caminé orgullosa con un diploma en la mano en periodismo y comunicación de la Universidad de la Florida.

Para todos aquellos que han emigrado a otras ciudades, recorrido lugares del mundo e intercambiado con otras culturas, les digo que no hay mejor forma para aprender de uno mismo y de los demás qué viajando. Salir de nuestra zona de confort puede resultar difícil, pero es una oportunidad para ampliar horizontes, entender otras perspectivas y sobre todo, adquirir una visión más global del mundo en el que vivimos. Para todos aquellos que dejaron una vez sus países por necesidad o voluntad propia, los felicito y los animo a que sigan aventurandose por nuevos senderos que bien seguro les llevarán a buen puerto.

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